Aunque cambies de color, sigues siendo la misma

Sobre el sueño de una artista shipiba

De cómo el dueño del coronavirus se revela y del riesgo de que la delicada línea del kené se quiebre.

Publicado: 2020-06-12

“Cuando mi hijo se fue al baño, se quedó el foco prendido, yo sudaba mucho, sudaba frío. Entonces vi que mi casa ya no era mi casa, era como una casa abandonada. Ahí vino a visitarme, vi su sombra, sentía su presencia, era como un hombre tapado. Era su alma del bicho, su diablo de la enfermedad, pero no era cualquier dueño, era un dueño de tiniebla. Los mosquitos entraron, vinieron volando hacia mí, moscas y cucarachas en cantidades, como una sombra, como viento negro, se metían en mi boca, entraban también por mis ojos y mis oídos. Desde el oscuro me miraba mi papá, ahí estaba, desde un lado me cuidaba. Me sentía débil débil. Y también vi a una mujer que dio a luz, ahí cerquita, dio a luz a un niño llenito de pelos en todo su cuerpo, hasta su cuello, parecía un huapo. Yo estaba bien mareada, veía a un oso hormiguero que quería lamearme. Con su lengua me lameaba todo mi cuerpo, pero ya no era hormiguero, ahora me ladraba fuerte y sacaba sus dientes. No le dejé que me muerda, le torcí y no dejé que me clave sus dientes ese perro. Yo me decía: Eres fuerte, eres fuerte. Mi hijo se asustó cuando me encontró desesperada en mi cama, ese rato me despertó.”  

… Quería saber cómo se sentía Olinda Silvano esa mañana, tras una semana en cama a causa del COVID-19. La llamé por teléfono, y cuando comenzó a contarme sobre la forma en que el “dueño del coronavirus” se le había presentado, dejé mi taza de café en la mesita central de mi sala y busqué rápido un lápiz y un papel para tomar nota. Fue una larga conversación, estábamos preocupados por varios temas, especialmente por la salud de nuestras amigas contagiadas, que también son artistas shipibas como ella. Hablamos y hablamos… Inconscientemente, me puse a hacer garabatos sobre el papel, mientras sentía que su débil voz lograba llegar con mucho esfuerzo hasta a mí. Pensé en su hogar en Cantagallo –asentamiento humano habitado por más de 250 familias indígenas de la Amazonía, que en su mayoría son originarias del pueblo shipibo-konibo–, y la imaginé recorriendo callejuelas de tierra y piedra, entre casitas prefabricadas de tablas de pino y de triplay, hasta la vi atravesando ese cerco epidemiológico de militares uniformados de camuflaje y con mascarillas quirúrgicas, quienes rodean vigilantes a la comunidad, desde que diagnosticaron a cerca del 80% del vecindario infectado con el virus. Nadie puede cruzar la muralla humana de contención, ni para entrar, ni para salir de los límites de esa micro selva urbana, germinada a orillas de un río que murmulla en medio del ensordecedor caos del centro de Lima, nadie, excepto Olinda en mi mente.

Mientras seguíamos conversando, caímos en cuenta de que eran muchas nuestras colegas shipibas enfermas, todas con coronavirus y varias de ellas en riesgo de morir. Comenzamos a nombrarlas, casi enumerándolas. Empezamos por las que están en Lima, Elena Valera, Sadith Silvano, Pilar Arce Mahua, Delia Pizarro, Wilma Maynas; seguidas por las que están en Pucallpa, Lastenia Canayo, Olga Mori y Sara Flores, así como las jóvenes hermanas Delicia y Lily Sandoval. Continuamos con Agustina Valera y Gloria Amasifuen, a quienes visitamos en San Francisco de Yarinacocha, hace unos meses (antes de que todo empezara) y, con mucha pena, “sumamos” a Lucilda Amasifuen, Celia Cauper Valera, Angelina Valera Rojas, Edith Amasifuen, Marlene Agustín, Levanita Rodríguez y Manuela Fernández Maynas (más conocida como “Yanasita”), sobre quienes recibimos la noticia de que también estaban muy delicadas de salud en Yarinacocha, y lo mismo pasaba con la ceramista Graciela Valles, quien se encuentra aislada en el norte del Perú (1).

Estaba más que impresionado por la cantidad de compañeras enfermas a causa de este virus, y con seguridad, la lista era muchísimo más larga… Pero lo que me más pasaba de vueltas era asumir que habíamos mencionado casi a la totalidad de las artistas shipibas más reconocidas, las responsables de haber llevado el kené (2) a niveles sobresalientes y/o de innovación creativa y técnica, que lo han vuelto, sin duda alguna, la tradición artística de la Amazonía que a más peruanos y extranjeros ha cautivado. Estas mujeres sabias aprendieron de sus madres y abuelas, varias no fueron a la escuela, mucho menos tuvieron estudios “formales” de arte, sus saberes trascienden a toda enseñanza académica. Ellas se educaron desde el amor y el diálogo con plantas medicinales, en ceremonias con ayahuasca y piri piri o waste kené. Las plantas enteógenas (3) les dieron la hiperpercepción necesaria para conocer y transitar por universos transversales a nuestro tiempo y espacio, por donde pasa el sendero que conduce al reencuentro con Ronin, la Gran Serpiente, la Yacumama, el creador de las aguas, de los ríos y de todos los pueblos amazónicos, y que es, a la vez, el primer diseño y el origen de todos los kenebo (kené en plural).

SARA FLORES. KENÉ 2016, TINTES NATURALES SOBRE TELA. CORTESÍA THE SHIPIBO CONIBO CENTER

A modo de “ilustrar” mi fascinación por el arte shipibo, les diré que este va mucho más allá de lo que podemos comprender desde nuestra limitada concepción occidental… Por su inherente vínculo con la naturaleza y espiritualidad amazónicas, los shipibos consideran que el kené, al revelarse en visiones, se vuelve arte y cuenta con autoría sin necesidad de ser materia (4) y así, sus colores y formas pueden transferirse mentalmente y dictarse invisiblemente por medio del rao bewá o ikaro, por el silbido y el soplo, para luego manifestarse, haciendo uso del barro o de tintes naturales, para dibujar sobre la piel -a modo de pintura facial- o en la superficie de un chomo (tinaja antropomorfa), o para tejerse en collares y pulseras empleando mostacillas y bordarse como kewé (kené bordado) en el chitoni (falda).

Debemos reconocer que, en años recientes, del mismo modo que el kené ha bebido del vaso de los antiguos sabios, también ha dialogado, se ha incorporado y ha contribuido enormemente en la expansión de las posibilidades expresivas del arte contemporáneo nacional e internacional. Por ello y entre tantas otras razones, resulta inaudito que las artistas de las que hablamos, quienes además han venido participando en numerosas publicaciones, exposiciones y eventos artísticos, dentro y fuera del Perú, sigan viviendo en condiciones tan precarias, que incrementan la vulnerabilidad de su salud y que ponen en riesgo su supervivencia en medio de una crisis como la que estamos atravesando.

En los últimos días, varios han sido los comentarios y reacciones en las redes sociales, sobre el desproporcionado uso, o más bien, del aprovechamiento, que el Ministerio de Cultura (MINCUL) y el Ministerio de Turismo han hecho de la imagen de estas artistas indígenas, cuyos rostros han servido para protagonizar aquellas campañas publicitarias que celebran ante el mundo nuestra “diversidad cultural sostenible”, pero que en la práctica, lo que se “celebra” es la desatención insultante hacia estas ciudadanas peruanas. A esto, hay que agregarle, la desvalorización del trabajo de nuestros artistas indígenas y para muestra un botón: Una de las primeras víctimas mortales en Cantagallo a causa del COVID-19, fue el artista Filder Agustín, una lamentable pérdida que transcurrió sin remembranza, ni mención alguna por parte del MINCUL, a pesar de haber sido uno de los artistas que impulsó la declaración del kené como “Patrimonio Cultural de la Nación” en el 2008 (5).

Todo esto me llena, no sólo de ira, sino también de temor, de que, ante tanto desamparo y olvido, la delicada línea del kené, finalmente se quiebre.

Creo que la inacción del Estado, específicamente en la Amazonía, ante el avance del COVID-19, desató una emergencia que puso en riesgo las vidas de tantos artistas shipibos y las de miles de indígenas de diversos pueblos. Si bien, ha sido un tema del que se ha hablado mucho en estos días, aún no es suficiente.

ARTISTAS DEL KENÉ SHIPIBO KONIBO OLINDA SILVANO, CHONON BENSHO, SARA FLORES, AGUSTINA VALERA, ELENA VALERA Y GLORIA AMASIFUEN EN LA COMUNIDAD SHIPIBO KONIBO DE SAN FRANCISCO DE YARINACOCHA, EN UCAYALI. FOTO: ANTONIO DE LOAYZA.

Sin embargo, el desaliento y la rabia ante tanta negligencia por parte de las autoridades, no nos exonera a los artistas, curadores, gestores, galeristas, coleccionistas, etc., -quienes formamos parte del sistema del arte- de la responsabilidad de que, de una u otra manera, se haya “normalizado” por décadas, la exclusión del artista indígena -desde los circuitos de difusión, promoción y comercialización del arte–, negándole con ello, múltiples veces su participación en el rubro, en igualdad de condiciones con artistas de otros orígenes, en especial con los de la capital.

Definitivamente, no hemos superado la controversia generada ante el otorgamiento del “Premio Nacional de Cultura” a Joaquín López Antay –destacado retablista ayacuchano–, en 1976, que fue duramente cuestionado desde las élites artísticas y/o grupos de artistas “cultos”, que, en síntesis, descalificaban el arte popular por su origen (6). De ello, hace ya casi medo siglo, pero aún vemos, con dolor y desazón, que esa realidad no ha cambiado mucho. Se sigue discriminado con frecuencia a los artistas indígenas, no solo desde el menosprecio, sino también desde el paternalismo, que finalmente son la misma cosa. Sin embargo, lo más grave ha sido y sigue siendo, el ninguneo a sus reclamos, los cuales han sido calificados como “exagerados” o “simples aspavientos”, negando así el valor de su voz, de su pensamiento y sensibilidad. Invisibilizándolos una y otra vez, como en aquellas fotos postales que circulaban en tiempos del boom del caucho, donde los indígenas solían aparecer de espaldas (7).

No podemos obviar nuestra responsabilidad ante el riesgo de un etnocidio en las comunidades de nuestra Amazonía, pues, hemos seguido al rebaño comportándonos como organismos de esta peste, como partículas virales que dan forma a un viento negro, avalando y apañando con nuestro silencio, la omisión sistemática a las demandas de los pueblos indígenas, lo que ha mellado su fortaleza y permitido que enfermen sus bosques y envenenen sus aguas.

¡Pero ya!, regresemos a la llamada de Olinda, que entre tantas cosas que conversamos, me contó que le avisaron que el nuevo Ministro de Cultura visitaría Cantagallo, ¿para qué?, aún no lo sabíamos. Me pregunté si en su sueño de la noche anterior, habría alguna respuesta o señal al respecto… Pero, para ser franco, aún no termino de comprender el sentido de esa visita, aunque al menos, ensayé una manera de interpretar su espantosa pesadilla.

OLINDA SILVANO PINTANDO UN MURAL DE KENÉ EN LA EXPOSICIÓN LAS SEMILLAS DE LOS DIOSES, EN MOSCÚ. 2008. FOTO CHRISTIAN BENDAYÁN.

Esa misma semana leí un artículo escrito por Leonardo Tello, el director del proyecto “Radio Ucamara” –que opera en Nauta y en pueblos indígenas del Ucayali y el Marañón, colaborando activamente en la defensa de los mismos.– Leonardo, quien es un gran conocedor y está sumamente involucrado con la vida cotidiana y las luchas de los pueblos indígenas amazónicos, nos informaba con cierta preocupación: “Ahora en la radio estamos preguntando a la gente de las comunidades qué está soñando, y muchos sueñan lo mismo que soñaban nuestros abuelos y antepasados en la época de la viruela o el caucho. El miedo ha vuelto” (8)…

Como una bomba atómica en mi cerebro, esto estimuló mi curiosidad y recurrí rápidamente a la sabiduría del arte amazónico. Sin dudarlo, llamé a Lastenia Canayo, quien viene pintando, bordando y tallando, desde hace muchos años el catálogo más extenso de los “Ibo, Yoshin”, que según el pensamiento shipibo-konibo, son los dueños, madres, duendes, diablos y demás espíritus protectores de las plantas, animales y toda clase de seres que habitan la Amazonía. O sea que Lastenia es la especialista, así que le pregunté: “¿Cómo es el “dueño del Coronavirus”?”, y me respondió de la mejor manera: ¡con un dibujo!, en el cual se ve a este dueño de tiniebla, como lo describió Olinda, luciendo con desparpajo su aspecto de bicho.

Justo por esos días, la joven artista Chonon Bensho (una de mis favoritas) y su esposo, el poeta, artista visual y médico naturista, Pedro Favarón, también publicaron un texto que escribieron juntos, en el cual, relatan cómo el coronavirus afectó su salud, cómo fue que se curaron y cómo se piensan o interpretan las epidemias desde la perspectiva de su pueblo: “También nos ha contado nuestro tío Pakan Meni, que hubo un antiguo médico que contempló en una visión que la viruela entraba en el cuerpo de sus pacientes convertida en sebe, que es un mosquito minúsculo que siempre anda en grandes grupos y que los mestizos conocen con el nombre de manta blanca. Para proteger a sus familiares, el Meraya (sabio curandero) cantó el ikaro del mono shipi y los convirtió en monos, ya que los monos son inmunes a esta. Según nuestro tío, el nombre shipibo proviene de esta transformación. Hasta nuestros días algunos médicos curan a los niños con este canto del shipi para que no se enfermen, como si fuera una vacuna que los inmuniza” (9).

¿Vieron cómo una vez más, en el imaginario shipibo, el virus se asocia a la figura del insecto?, al igual que los moscos y cucarachas que entraron al cuerpo de Olinda por su boca, ojos y oídos, en su afiebrado delirio. Pero recordemos también, que mencionó que el “dueño del coronavirus” ingresó a su casa como un espectro, a modo de sombra, como un hombre tapado, como un ser de tiniebla, lo cual es asociable a un mural pintado en Nauta, por miembros de la escuela de arte kukama “Parawa”. Este mural recrea la llegada, en canoa, de la viruela y “sus hijos” a las comunidades ribereñas, imagen que en un análisis realizado por los sacerdotes Manolo Berjón y Miguel Angel Cádenas, sugiere lo siguiente: “Tanto la madre como las crías carecen de cara, rostro. Tengamos en cuenta que son espíritus y no se dejan ver el rostro. De igual manera que cuando un brujo o un espíritu malo quiere hacer daño, no se deja ver la cara. Este es un dato fundamental” (10).

Además, Chonon y Pedro, nos dan varias pistas importantes, como aquella sobre el origen de la palabra “shipibo”. Quizá podríamos, a partir de esto, asumir que la figura del niño peludo con aspecto de mono huapo, que fue parido en medio del sueño, personifica a las nuevas generaciones de shipibos, nacidas en cualquier parte del Perú, que mantienen orgullosamente su identidad, valorando su lengua, su arte y otros saberes ancestrales, como el uso de las plantas medicinales –sólo por mencionar un ejemplo, el matico se viene empleando mucho para la prevención y tratamiento del COVID-19–. Esta reafirmación identitaria, posiblemente los vuelve menos propensos a ser absorbidos por la cultura apocalíptica del consumo y/o por el “desarrollo” infinito que proclaman las ciudades “globalizadas”.

Ya para terminar, sólo recordemos que, en la perspectiva indígena amazónica, todos los seres de los bosques y los ríos; es decir, todo elemento que habita el mundo, fue humano antes de tomar su forma actual. De diversos modos, las ideas que nutren al arte indígena, surgen de un diálogo con las plantas y los animales, fundado en el respeto, el merecimiento y en la consigna de tomar sólo lo justo y necesario (11). Es incluso, desde estas ideas que se explica el nacimiento de las tradiciones artísticas.

AGUSTINA VALERA. Visión de Ayahuasca 2017. Cerámica. Colección Particular

Uno de los mitos sobre el origen del kené, afirma que este surgió cuando el yanapuma (otorongo negro) lo vio dibujarse con agua en el pelaje de un oso hormiguero mientras este se bañaba; también dicen que, en una distracción del hormiguero, el felino se vistió con la piel de este y desde entonces sus descendientes lucen diseños en el cuerpo (12).

El oso hormiguero que Olinda vio entre mareos, podría entonces encarnar al kené, ese maravilloso arte shipibo, que, literalmente, ha adquirido nuevas dimensiones y conquistado una mayor visibilidad, gracias a los murales que ella ha pintado en distintas ciudades del mundo (en algunas ocasiones, en colaboración con sus colegas Sylvia Ricopa y Wilma Maynas). Además, teniendo en cuenta lo que también dicen Chonon y Pedro en su texto: “Se decía que la viruela se presentaba con la forma de un hombre blanco que perseguía a sus víctimas con enormes perros que ladraban.”, podríamos pensar que quizás sea por eso, que el hormiguero se acercó a Olinda, primero amigablemente, para lamerla, luego intentó morderla tomando la forma de un perro, como los que antiguamente acompañaban a conquistadores, misioneros, caucheros y otros forasteros que trajeron muerte a los indios, ya sea con pólvora o con epidemias. Actualmente, esa presencia zoomórfica, podría aludir al mismo Estado peruano y sus autoridades, que suelen acercarse a los pueblos y artistas indígenas con promesas o para “ser” los abanderados de la “igualdad” y la “diversidad”, para luego comportarse, como lo han hecho históricamente: como el más infame y feroz enemigo que hayan tenido.

Cuando finalmente acabó la larga conversación con Olinda y luego de despedirnos, me quedé con la inquietud de querer descifrar su extraño sueño (que más parecía una visión ocasionada por un “daño” o una “ojeada”), y a la vez, me sentí aliviado por su recuperación, gracias a la buena e inmediata atención que recibió por parte de sus familiares, amigos y colegas… Una ayuda que llegó como la vibración de un poderoso ikaro cargado de amor (13).

Mientras termino de escribir este texto, me sigue haciendo eco su voz soñada, diciéndose a sí misma: “Eres fuerte, eres fuerte”. Pues sí que ha demostrado serlo, lo mismo que el pueblo shipibo y todos los pueblos amazónicos, como fuertes somos también, los artistas del Perú, que estamos despertando de un largo mal sueño con la seguridad de que no podemos volver a ser parte de esa mentira que justifica lo injusto y que debemos aprender de los indígenas, a vivir sin tomar más de lo que merecemos.

(Pintura de portada: El dueño del coronavirus, obra de Lastenia Canayo)

--------------------------------

Notas:

1. Carlos Zúñiga, el promotor de la página web Amazonart.com –creada con el fin de generar donaciones para las artistas shipibas de la comunidad de San Francisco de Yarinacocha–, publicó en su Facebook personal, una extensa lista de artistas contagiadas con COVID-19 que necesitaban ayuda económica para su tratamiento.  https://www.facebook.com/carloszunigalossio/posts/10158297014586506 

2. Kené es una palabra shipibo-konibo que significa “diseño”, mientras que kenebo es el plural y significa “diseños”. La palabra es utilizada para designar a los padrones geométricos hechos a mano sobre una variedad de superficies como el rostro y la piel de las personas, las paredes externas de las cerámicas y las telas utilizadas en ropas, accesorios y cobertores. (BELAUNDE, Luis Elvira. Kené: arte, ciencia y tradición en diseño. Instituto Nacional de Cultura del Perú, 2009)

3. El término enteógeno, está formado por las palabras griegas, éntheos que significa “que tiene a un dios dentro” y génos que quiere decir “origen, tiempo de nacimiento”. En resumen, alude a la posibilidad de llegar a ser inspirado por un dios o volver a nacer de un modo simbólico. En los pueblos shipibos, estas plantas son consideradas medicinales (rao), de las cuales, la ayahuasca (Banisteriopsis caapi) y el piri piri o waste kené (familia Cyperaceae), suelen estar asociadas a ritos de iniciación para la creación del kené.

4. BELAUNDE, Luisa Elvira. Diseños materiales e inmateriales: la patrimonialización del kené shipibo-konibo y de la ayahuasca en el Perú. Mundo amazónico 3, 2012. p. 123-146. http://www.bdigital.unal.edu.co/29976/1/28715-128077-2-PB.pdf 

5. El artista shipibo Filder Agustín falleció en el asentamiento humano de Cantagallo el 10 de mayo de 2020, a causa del COVID-19. Desde el 2008, mientras conformaba el colectivo de artistas shipibos “Barín Bababo”, promovió junto a Luisa Elvira Belaúnde y Jorge Luis Baca, la declaratoria del kené como Patrimonio Cultural de la Nación. A partir de su muerte, se hicieron las pruebas para detectar el COVID-19 en Cantagallo y de inmediato, se implementó un cerco militar para aislar a su población.

6. Este aspecto se muestra con claridad en el artículo de David Flores Hora, titulado “Fernando de Szyszlo, el iniciador del arte moderno”, publicado en el diario “Perú 21”, el 13 octubre, 2017. En dicho artículo se destaca la frase: “Un Ferrari es precioso como un caballo de raza, pero no hay por qué mezclarlos. Son mundos ajenos”, expresada entonces por Szyszlo, “para ilustrar la diferencia entre un artista como López Antay y un artista con formación académica. Posiciones que hoy en día podríamos seguir discutiendo”. https://peru21.pe/cultura/fernando-szyszlo-iniciador-arte-moderno-379892-noticia/ 

7. En la primera década del siglo XX, circulaban muchas postales y fotografías en las que se mostraban a indígenas boras, huitotos, andoques y ocainas, de espaldas, con los rostros ocultos. Especialmente, en varias de las fotos tomadas por Manuel Rodríguez Lira y Silvino Santos, en los campamentos caucheros de la “Casa Arana“ en el río Putumayo.

8. TELLO IMAINA, Leonardo. “Loreto: dos demonios y muchos pueblos amazónicos en riesgo”. Texto difundido en “Ojo público”, 2 de junio de https://ojo-publico.com/1844/loreto-dos-demonios-y-muchos-pueblos-amazonicos-en-riesgo?fbclid=IwAR1514aWCbAgYsYq4Td8ywt8iNgtB7bLG_it2A104XT81WAz_okkXzlhe-o 

9. FAVARON, Pedro y BENSHO, Chonon, “Jakonma niwe isin: Las respuestas del pueblo shipibo-konibo frente a la pandemia del coronavirus”. En: ANTI-FIL, mayo 2020. https://www.facebook.com/antifiloficial/photos/a.244860745895087/1126335034414316/?type=3&theater 

10. BERJÓN, Manolo y CÁDENAS, Miguel Angel, “REFLEJOS DE EPIDEMIAS EN EL PUEBLO KUKAMA. A propósito de una pintura en Nauta”. En: La Candela en el Ojo Blogspot. Iquitos, 27 de marzo, 2020.https://lacandeladelojo.blogspot.com/2020/03/para-leonardo-telloque-nos-pidio.html?fbclid=IwAR1LITkhdc3_3CXc7h7USON57j_MjMZFRTNMOPQewzUE9nBweVSQnSYRvmU 

11. Este concepto ha sido desarrollado vastamente por el antropólogo brasileño, Eduardo Viveiros de Castro, bajo la denominación de perspectivismo.

12. ROQUE, José (recopilador y traductor), “El tigre y el oso hormiguero (Leyenda Conibo-shipibo)”. En: Relatos amazónicos, Lima: Ministerio de Educación, 2003, p. 29.

13.  Cuando Olinda Silvano presentó insuficiencia respiratoria debido al COVID-19, el artista peruano Harry Chávez alertó a la comunidad de artistas, que, en pocas horas, a través de una campaña virtual en redes sociales, reunió los fondos necesarios para adquirir un balón de oxígeno y con ello, atender su emergencia. Cabe mencionar que, durante los meses de mayo y junio del 2020, se generaron numerosas campañas solidarias organizadas por artistas y curadores, para atender la emergencia por la que están atravesando las comunidades indígenas de la Amazonía a causa de la tardía e insuficiente acción del Estado ante la pandemia.





Escrito por

Christian Bendayán

Artista y curador amazónico.


Publicado en